lunes, 5 de junio de 2017

“Llamados a ser comunidad”

El próximo 18 de junio celebramos la festividad del Corpus Christi, el Día de la Caridad. Y “Llamados a ser comunidad” es el Mensaje que, para esta Jornada, nos quieren hacer llegar los Obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral Social.

Nos recuerdan que «en la fiesta del Corpus Christi, los cristianos adoramos la presencia real de Jesucristo muerto y resucitado por nuestra salvación bajo las especies sacramentales del pan y del vino consagrados» y que «en este día acogemos la invitación de Cáritas a crecer como comunidad de hermanos y a participar en la Eucaristía, sacramento de comunión con Dios y con nuestros semejantes». Además, desde el primer párrafo abordan el eje central de su Mensaje, la espiritualidad de comunión: «cuantos comemos de un mismo pan no sólo somos invitados a formar un solo cuerpo, sino a crecer en la espiritualidad de comunión que dé sentido y anime nuestro compromiso social en favor de los que sufren».

En esta ocasión, Cáritas nos invita a poner el foco de atención en la dimensión comunitaria de nuestro ser: eje de nuestro hacer al servicio del Reino de Dios y del proyecto de transformación social en el que estamos empeñados en el ejercicio de la caridad. Para superar nuestros intereses individuales, los comportamientos autorreferenciales y colaborar con el Señor en la construcción de un mundo en el que la experiencia del amor de Dios nos permita vivir la comunión y construir una sociedad más justa y fraterna.

Una espiritualidad de comunión que San Juan Pablo II nos describía con gran profundidad: «significa ante todo una mirada del corazón hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado». Significa, además, «capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como “uno que me pertenece”, para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad». Y es «capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un “don para mí”. Además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente».

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